EL VIAJE

Revista PEONZA # 85
Siempre quise escribir este cuento. O, tal vez, este cuento siempre quiso ser escrito por mí. Es ahora que vuela libre y se posa en otras manos, en otros ojos, cuando compruebo que siempre estuvo ahí, encerrado en uno de los cuartos de mi desordenada imaginación. Esperó su momento con paciencia y fue un invierno no muy lejano que giró el pomo y asomó su cabeza tiñendo de palabras el folio blanco.
Se fue construyendo lentamente, a modo de diálogo con una lectora que demandaba su ración diaria de Dragón. A cambio, yo obtenía mi ración de comentarios. Reconozco que sin ese regalo del exterior, tan inmediato y tan desinteresado, es posible que este cuento se hubiera quedado deambulando por el inhóspito reino de la inexistencia. Fue, como todo acto creativo, un VIAJE (así, con mayúsculas). Y esas tardes, esos diálogos, y esa lectora egoísta y generosa, eran sólo el comienzo.
Reconozco que tengo el vicio de la brevedad. Si es verdad que escribimos aquello que leemos, sólo que con nuestras propias herramientas, yo escribo al modo de aquellos cuyo sentimiento preponderante, paradoja al canto, es que la palabra es inútil para expresar lo que uno siente. Habría que añadir que, aunque inútil, es lo único que un escritor tiene para compartir sus sueños, sus miedos y sus obsesiones y que sin ella estaría tan perdido como un bebé frente a una pizarra llena de logaritmos neperianos. Por eso un cuento breve: un intento de contarlo todo con lo mínimo.
Dragón es un viaje, por tanto, en el que unas pocas palabras se esfuerzan en ilustrar un sentimiento. Este sentimiento es el amor. Se trata, diríamos, de un ejercicio sobre el romanticismo. Un ejercicio lleno de claroscuros en el que la melancolía, húmeda y oscura como una cueva, comparte paleta con la brillantísima luz de una fantasía casi infantil. E insisto en que esas palabras escritas aquel invierno lluvioso (y aquí peco con el adjetivo, pero es que llovía y llovía…) eran sólo el comienzo del viaje.
Una vez iniciado ese viaje y posado el cuento en las manos de mi amigo Gerardo Bezanilla comenzó la aventura. Hablamos de construir un libro, de ilustraciones, de darnos un capricho, de hacer acopio de valentía y sacar a la luz algo de mi prosa, ya que publicadas he tenido la suerte de ver varias de mis obras de teatro, faceta por la que soy algo más conocido, e incluso algún que otro poema en eventuales revistas literarias, pero nunca prosa, y menos un cuento…¡qué diablos, vamos allá!
Por supuesto a mí me asaltaron todas las dudas habidas y por haber para aquel que lanza algo al foro editorial, aunque en él haya de todo hoy en día, y uno de los hechos más controvertidos, y que aún hoy me inquieta, era el no saber exactamente para quién iba destinado este cuento, es decir, quién sería su lector ideal. Recordé unas palabras del dramaturgo Sanchis Sinisterra a propósito de una de sus obras de teatro: “El lector por horas”. Yo le pregunté, pues había leído la obra y tenía gran curiosidad ya que me parecía compleja para el espectador, cómo había reaccionado el público y él me respondió que había tenido una excelente acogida y añadió que a lo largo de su carrera había descubierto que “el público hace a la obra”. Es decir, por más que uno trate de adivinar qué funcionará y qué no, es tan probable que acierte como que nuestro bebé resuelva alguno de los logaritmos neperianos escritos en la pizarra.
Anna Mer, la ilustradora de este cuento, es un nombre que vive en mi imaginación. A mi carácter de dramaturgo le encantan estos pequeños detalles que dejan abiertas las puertas al misterio. No sé cómo es su cara ni el timbre de su voz, pues nuestro encuentro jamás ha tenido lugar (al menos hasta hoy, marzo de 2008). Sin embargo Anna Mer ha sabido tejer con sus colores un precioso traje para el alma de este Dragón. Ha tenido la prudencia y la delicadeza que un trabajo como éste precisaba y creo que sus ilustraciones, si bien nacen de la misma raíz que las palabras, emprendieron bien pronto su propio viaje.
Dragón sirve, además, como vehículo de desarrollo personal y creativo de otras personas, pues supone el punto de arranque de una nueva editorial santanderina “Mundanalrüido” (junto a Gerardo y un servidor, Ainara Bezanilla y Toño Fuente conforman el resto del equipo editorial). Habré yo de soportar el peso de ser el primero y cargaré sobre mí todas las culpas. Los elogios, de haberlos, compartidos todos, que los libros no se hacen solos.
Me gustaría terminar este comentario robando unas palabras del poeta Juan Antonio González Fuentes, autor del prólogo a este Dragón. Desencadenar un “Érase una vez…” para dejarlo completamente libre, flotando en el ambiente, es hacer uso de la llave mágica que, como recuerda Montaigne, abre el espacio definitivo en el que algo empieza a decirse, es decir, comienza a existir de verdad, con absoluta plenitud.
Comenzar a existir. Eso es lo que más les deseo a este dragón y esta princesa: una existencia fructífera en la imaginación de los lectores, tengan la edad que tengan por dentro o por fuera. Y, puestos a soñar, les deseo a sus lectores un hermoso VIAJE.
Alberto Iglesias